25 de abril: Almansa y Valencia, “in memoriam”

25 de abril: Almansa y Valencia, “in memoriam”

 

El 25 de abril de 1707 tuvo lugar en las campas de Almansa una de las batallas decisivas de aquel gran conflicto internacional conocido en nuestra Historia como la Guerra de Sucesión. Aunque en Almansa no combatió ningún soldado valenciano, la fecha es considerada con razón el acta de defunción del Reino de Valencia. Las posteriores masacres de Xàtiva, Alzira o Vila-real pusieron la sangre y las cenizas propias a lo que hasta entonces solo había sido una contundente derrota militar de uno de los dos ejércitos extranjeros en litigio.

Después, con la rendición de Valencia y el Decreto de Nueva Planta se liquidaba definitivamente al pueblo valenciano como sujeto político-jurídico, poniendo fin a casi 500 años de historia foral, un largo periodo de nuestro pasado que en algún momento llegó a ser prometedor y a alcanzar cotas de indudable brillantez en la vida civil.

Invito a cualquier valenciano con una mínima conciencia de serlo a leer las palabras crueles, casi injuriosas, del Preámbulo del Decreto de Nueva Planta. Cierto que de aquello hace mucho tiempo, pero ahora que soplan vientos de reforma constitucional conviene recordar cómo –con qué maneras, diría yo- se construyó esa moderna unidad de España de la que todos somos herederos y no precisamente a partes iguales.

Con la derrota y la Nueva Planta vino la supresión de las instituciones, leyes, hacienda, moneda y lengua particulares y su sustitución por las correspondientes castellanas. Se dotó al territorio conquistado de una estructura de gobernación de corte militar, se depuró a autoridades, notarios y funcionarios locales y se trajo de Castilla a sus sucesores, y hasta se construyó una ciudadela con un torreón fortificado en la muralla (cerca de la actual Porta de la Mar) que apuntaba sus cañones hacia dentro de la ciudad. Bajo el torreón, el rey Felipe V hizo colocar una placa con una inscripción infamante en la que decía que aquella era una ciudad rebelde que había conquistado y le pertenecía. El pueblo valenciano la arrancó a martillazos en 1901, cuando se acometió el derribo de la ciudadela como culminación de los trabajos de supresión de la antigua muralla.

Doscientos setenta años después de la Batalla de Almansa, en mayo de 1977, un panfleto de propaganda electoral de la UCD valenciana firmado por el mismísimo Emilio Attard a propósito de las elecciones a Cortes Constituyentes, decía lo siguiente: Afirmamos rotundamente que somos conscientes que Valencia, nuestro País o Reino, ha estado largo tiempo preterido, ausente e ignorado, porque había perdido su propia identidad y que nosotros luchamos y lucharemos por su reivindicación, por su presencia operante en todas las instancias de poder, para acabar de una vez con el colonialismo periférico que engendra el centralismo vigente. Nadie que tenga buena memoria podrá identificar estas sentidas palabras con la trayectoria real de la UCD durante la Transición.

Efectivamente, aquel no fue más que un impulsivo e incontrolado comienzo, influido por los partidos valencianistas de la coalición. La UCD fue derrotada por el PSOE y el PSPV en Valencia y el 9 de octubre medio millón de personas salió a las calles con señeras pidiendo el Estatuto de Autonomía. En Madrid saltaron las alarmas. Attard y Muñoz-Peirats fueron culpabilizados y sustituidos por un outsider del franquismo nacido en Picassent, Fernando Abril Martorell, expresidente de la Diputación Provincial de Segovia, Vicepresidente Tercero del Gobierno y amigo personal de Adolfo Suárez. Apoyado en el periódico Las Provincias y en las inmisericordes columnas de su subdirectora María Consuelo Reyna, Abril Martorell, a quien no sé por qué han dedicado una importante avenida en nuestra capital cuando ni siquiera la tiene el rey Don Jaime, no dudó en encender una guerra civil entre valencianos.

Hacía años que las tesis de Joan Fuster generaban controversia dentro del mundo intelectual, pero nadie en su sano juicio había puesto en cuestión las señas de identidad. El dogmatismo fusteriano no supo reaccionar con inteligencia, la izquierda gobernante se vio desbordada en la ciudad de Valencia por una ola de fanatismo localista y violencia, y los rescoldos del franquismo se entregaron a su tarea favorita, la de salvar la unidad de la patria y librarnos de los catalanes.

Y se desató la Batalla de Valencia, el más triste y vergonzoso episodio de discordia civil que hemos conocido los valencianos en la época moderna y cuyas funestas consecuencias aún arrastramos. El encono llevó a hacer rabiosamente incompatible lo que nunca antes lo había sido: el valenciano y el catalán, la señera con franja y sin ella, los términos reino y país. El triste resultado fue un estatuto de autonomía de segundo nivel, por debajo del de regiones que jamás tuvieron instituciones de gobierno propias; y, peor aún, la ruptura quizá irremediable de todo un universo simbólico y cultural que ha quedado estigmatizado por muchos años como generador de tensiones irresolubles en la población civil. ¿A quién interesaba realmente este resultado? ¿No sería la Batalla de Valencia, una vez más, una guerra urdida desde fuera, pongamos a 350 km de distancia, donde otros se jugaron el poder y nosotros pusimos el campo de batalla y los muertos?

A treinta años de la Batalla de Valencia, a trescientos de la de Almansa, la Valencia de hoy, ni reino ni país, es una sociedad desmoralizada, vilipendiada en los medios de comunicación y arruinada; un pueblo descabezado política, cultural y financieramente, avergonzado de sí mismo, dimitido y sin aliento. Pero justamente ahora se acercan tiempos políticamente muy complicados en los que no podemos permitirnos el lujo de odiarnos a nosotros mismos ni estar desunidos. La estructura territorial de España, tanto si se quiere ver como si no, va a tener que ser replanteada muy pronto, puede que incluso con prisas y bajo presión internacional. Y a esa cita con la Historia los valencianos no podemos presentarnos sin un mínimo acuerdo previo acerca de lo que queremos ser y lo que podemos aportar. ¿A qué espera esta sociedad para empezar el debate?

Guillermo Colomer

 

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