Antes de Olivares

 

Se llamaba Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, nombre y apellidos de lo más corriente si se toman uno a uno, pero que, así, formando una longaniza patronímica, es de suponer que infundían ya de entrada un cierto temor. Más aún añadidos a la condición de ser hijo de un embajador y virrey, heredero de varios títulos nobiliarios y descendiente de la rama menor de una familia tan poderosa como los Medina-Sidonia. Pero lo que le hizo de verdad temible fue su inteligencia y ambición, sobre todo por la circunstancia de hallarse físicamente alojado, desde la más tierna juventud, en las vecindades de un medio idiota llamado a regir los destinos de un Imperio donde no se ponía el sol.

Gentilhombre de cámara del príncipe Felipe, más tarde valido del mismo príncipe, ya convertido en rey, este andaluz nacido en Roma y en cuya tarjeta de visita podía leerse “Conde-duque de Olivares”, crucificó a los valencianos con una sola frase que demasiado bien conocemos. Podría pensarse que, a las alturas de 1626, cuando debió de ser pronunciada, el régimen foral agonizaba.

El propio Conde-duque había planificado una “Unión de armas” que permitiera al Imperio reclutar una impresionante fuerza militar sin las cortapisas de los malditos fueros, y que en el fondo no consistía en otra cosa que “reducir” todos los territorios hispánicos a unas mismas leyes e instituciones (estará de más decir cuáles, que esto ya se sabe. Como en las líneas de los trenes AVE, que basta con decir a dónde llegan, pues de dónde salen ya lo dio por hecho aquel señor del bigote).

No se decidió finalmente la Unión, pero el siguiente rey homónimo, francés él y nieto del mismísimo Sol, sí que aprovechó bien una guerra internacional para “reducir” su recién estrenado reino. Así que de “muelles” para el cuarto Felipe, los valencianos pasamos a “rebeldes, vencidos y reducidos a las leyes de Castilla” para el quinto. Que Dios ilumine al sexto, bajo cuyo cetro vamos a tener que decidir si queremos ser algo o nos “reducimos” definitivamente y para siempre jamás.

Mucho se ha discutido si la frase de Olivares, justa o injusta, era predicable en realidad de todos o solo de “ciertos” valencianos, y si en el fondo no hacía más que expresar una situación de extrema debilidad económica y política en la que no se podía ser otra cosa que blandos y sumisos con el poder imperial. Por eso no estará de más que, antes de sacar conclusiones, viajemos hacia atrás en el tiempo y nos situemos en un interesantísimo momento histórico.

Valencia, 20 de febrero de 1520, martes de carnaval. Desde la ventana de las dependencias del abad, en el monasterio de Nuestra Señora del Remedio, varias cabezas se asoman para presenciar el impresionante alarde que tiene lugar en la calle, extramuros de la ciudad. Están Adriano de Utrecht, cardenal obispo de Tortosa, embajador real y futuro papa Adriano VI, Mosén García Garcés, regente de la Cancillería de Aragón, su vicecanciller Micer Antoni Agustí, y en su compañía todo un séquito de inquisidores, oficiales reales y caballeros del Brazo Militar del reino, junto al abad del monasterio, Pere de la Saca. Bajo el ventanal, desfilan vistosamente ocho mil infantes perfectamente ataviados y armados, portando hasta cuarenta estandartes diferentes.

Son los gremios de la ciudad, organizados recientemente bajo una Junta de trece síndicos, al estilo de la comuna de Venecia. Se han llamado a sí mismos agermanados y a su unión Sagrada Germanía, y pretenden reformar el régimen legal valenciano a imitación de las ciudades estado italianas, en detrimento de los privilegios y abusos de la aristocracia. Emulan y aspiran a una comuna como la de Génova o Venecia pero gritan viva el Rey. Y ese rey es un jovencísimo Carlos, procedente de Flandes y nieto del fallecido rey católico, Don Fernando, llamado además a heredar el Sacro Imperio. Los caballeros protestan en presencia del embajador real. Pero su reverendísima, Adriano de Utrecht, sonríe y aplaude desde la ventana a los ejércitos populares.

El rey lleva meses en Barcelona, donde ha jurado las constituciones catalanas; ha hecho lo propio con el Fuero de Aragón, y el Brazo Militar valenciano le ha hecho llegar ya más de cinco cartas y comisiones explicándole que en el Reino de Valencia la cosa está que arde, que los populares andan armados organizando desfiles y desobedecen al Gobernador de su Majestad, y que el joven rey debe bajar a Valencia para formar Cortes y jurar los fueros de Reino, y poner paz. Pero tantas veces como le ruegan que venga, el rey contesta que nada le placería más, pero que no puede. Debe atender negocios en el Imperio y partir a Flandes.

Su pretensión es tomar posesión del reino valenciano por comisario, y para ello precisamente ha dado poderes al cardenal de Tortosa y lo ha enviado a Valencia. Los caballeros le recuerdan que eso es contrafuero, y que el monarca debe venir y jurar en persona, como hicieron todos sus predecesores desde Jaime I.

La estrategia del rey, sin embargo, es audaz y decidida, a pesar de su juventud. Alguien le ha asesorado, y se niega a bajar a Valencia. De hecho, ha sido él quien ha ordenado armar a los gremios, so pretexto de defender la costa de los ataques corsarios y aun a riesgo de encender una guerra civil, como así sucederá. A cambio de esa confianza real, los gremios armados le han prometido darle apoyo en su pretensión de jurar los fueros por delegación. Adriano de Utrecht mira cínicamente por la ventana y sonríe; mientras los caballeros se enervan viendo al pueblo desfilar armado, sintiéndolo como una amenaza, el embajador real los presiona para que consientan en el juramento real a través de su persona.

Los nobles se indignarán, pero el recién nombrado Carlos I de España se ahorrará la molesta visita a Valencia y marchará a Flandes a recibir el cetro imperial, que es lo que realmente le interesa. Finalmente el joven Carlos, que ha esperado la llegada de la primavera en Molins de Rei, sale para La Coruña con la intención de embarcar rumbo a Flandes, sin venir a Valencia ni jurar sus fueros.

En una carta fechada el 4 de abril de 1520, que le entregará al rey en mitad del camino el delegado de los indignados caballeros valencianos, mosén Gaspar Marrades, podemos leer una frase bien reveladora: “…su magestad á estado en Aragón y ha jurado en la ciudad de Çaragoça los fueros y privilegios de aquel reino e le han jurado por rey e señor. E que ha estado en Barcelona y ha hecho lo mesmo, y les ha tenido cortes e residido largos días y meses en aquellas tierras. Y que no ha visitado esta ciudad y reino de Valencia, siendo los valencianos tan fidelíssimos como en verdad lo son, y sin injuria de los otros reinos se puede dezir que ninguno de los otros les excede en fidelidad”. Aquí está. Otra vez la desconsideración del poderoso hacia el reino “fidelíssimo” ¿Les suena?

Pues añadamos ahora que en 1520 Valencia no era una ciudad cualquiera. Tenía aproximadamente el doble de la población de Barcelona, y cinco veces la de Madrid. Había sido el centro financiero y cultural de la Corona de Aragón hasta que Fernando el Católico la exprimió y la Inquisición la reventó a poco del descubrimiento de América; descubrimiento hecho, por cierto, con dinero valenciano.

Había dado al mundo la figura del humanista y filósofo Joan Lluís Vives, había editado treinta años antes Tirant lo Blanch, novela universal que triunfaba en toda Europa. De su reino había salido el poeta Ausiàs March, introductor del petrarquismo en la Península, como la familia Borja, una de las estirpes más notorias del Renacimiento, que puso en jaque a Italia entera. Una ciudad potente, semejante a las ciudades estado italianas, cabeza de un reino que disponía, entre otras cosas, de un moderno y completo ordenamiento civil inspirado en el código de Justiniano y había dado a la civilización el primer hospital psiquiátrico, la primera Biblia editada en lengua romance y la primera letra de cambio como instrumento de tráfico mercantil. Una ciudad y un país, por lo tanto, de lo más respetable. Y sin embargo, empecinada en ser “fidelíssima” a sus reyes, recibía en pago de esa fidelidad el deprecio más absoluto. Me pregunto por qué ¿Por qué ya era así cien años antes de Olivares y su insoportable insolencia?

Ignoro la respuesta, pero tengo para mí que fueron esas mismas clases dirigentes que mostraban la queja, la aristocracia, el brazo militar, los jurados de la ciudad, esos mismos que se autotitulaban “fidelíssimos”, quienes lo echaron todo a perder. No cabe duda que no sentían el país ni eran nada sin el poder real, y sin embargo el reino estaba en sus manos. Y el rey lo sabía. Por eso me tienta pensar que eran ellos en realidad los “muelles” y no el conjunto de los valencianos. Vean, si no, cómo acabó el asunto aquel de las Germanías. Lean la historia valenciana, esa que no estudiábamos en el colegio.

No me gustan las conclusiones precipitadas; menos aún las sonoras o demasiado tremendas. Pero a veces tengo una sensación molesta: que España hace más de 500 años que existe, y es casi el mismo tiempo que hace que a los valencianos no se nos toma en serio. Y es que recuerdo perfectamente desde pequeño los nombres de los comuneros de Castilla: Bravo, Padilla y Maldonado. Los de los agermanados, Joan Llorenç, Guillem Sorolla y Vicent Peris, los he tenido que aprender por mi cuenta.

Guillermo Colomer

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