Banderas en los balcones

edificio

Quedo a comer con unos amigos en el centro. La calle Sorní está forrada de banderas de España. Alguna senyera. Pocas. Gana la rojigualda por goleada. Edificios enteros vestidos de arriba abajo, una en cada balcón, en cada ventana. Me causa sorpresa, me llama la atención. Es obvio su significado, y por obvio no merece mayor comentario. Pero no me conformo con los significados primarios. Me pregunto qué hay detrás, qué cree defender el vecino que así uniforma su casa, contra qué o contra quién va. Y sobre todo me pregunto por lo que significa aquí, entre nosotros, lejos del conflicto, en la capital de los valencianos.

Comemos. Mis amigos me preguntan por la situación en Cataluña y les digo que la costa está tranquila. En toda la playa de Roses hay menos esteladas que banderas de España en dos manzanas de la calle Sorní. No sé si me creen pero es cierto. La Costa Brava es apacible, políglota, cosmopolita. Otra historia es el interior.

Salimos, charlamos, va cayendo la tarde. Me gusta este rincón, este barrio, estas tres o cuatro calles harmónicas antes del desacato arquitectónico de Colón. Me vuelve a sorprender el sarpullido de banderas. Por un momento casi me enfada. Se me antoja una corrida de toros, un día de procesión en los años cincuenta. No logro asociar este exhibicionismo patriótico únicamente a la defensa de la Constitución. Hay más. Tiene que haberlo. Ando mucho en bicicleta por las comarcas valencianas: la Ribera, la Safor, la Costera, la Vall d’Albaida. Se ven banderas, pero, comparativamente, muy pocas. Un primer chispazo intuitivo me recorre la cabeza. ¿El idioma? En Roses uno escucha tanto catalán como francés o castellano, y hay pocas esteladas. Necesitaría ahora un sociolingüista a mano. Apuesto a que la densidad de banderas de España en el centro de Valencia es proporcional al grado de castellanización de sus habitantes.

No quiero sacar conclusiones precipitadas. Camilo José Cela decía que las lenguas se defienden solas. No es verdad, pero a veces puede que sí. Vuelvo hacia casa y sigo buscando respuestas, aunque de momento me conformo con hacerme preguntas. La calle Sorní es una de las calles patricias por excelencia del Cap i Casal, un icono social del Ensanche del siglo XIX. Quizá Valencia en el siglo XIX ya tenía bien poco de Cap i Casal. A principios del XX apenas era capaz de ejercer un liderazgo sobre su propia provincia: el blasquismo de Azzati no cruzaba la sierra Calderona; la Valencia de Juan Gil Albert ya no ve el país que hay más allá de la Albufera. Quizá el último en verlo fue Blasco y lo fosilizó en sus novelas. Pero, desconectado o no de su país geográfico, al patriciado valenciano se le supone culto y bien informado.

Ese patriciado valenciano debe ser perfecto conocedor de que no ha dado un solo personaje capital a la historia del poder político en España. Navarro Reverter, Cirilo Amorós, Luís Lucia, personajes secundarios, y escasos. Nunca el hombre decisivo. En quinientos años de Historia, de Carlos I a Felipe VI, el hombre fuerte del poder español nunca ha sido un valenciano. El burgués del Ensanche lo sabe y no por ello se considera inepto o inferior. Tampoco por ello deja de considerarse español. Pero eso no cambia el hecho: en quinientos años ni uno. Jamás. El poder español nos es completamente ajeno.

El patricio valenciano sabe que puede quedarse sin temporada de ópera en Les Arts, aparte de por impericia administrativa, porque el Ministerio de Cultura ha decidido que Valencia no ha de tener ópera. Seiscientos mil euros a un coliseo de ópera es una broma pesada: el Teatro Real recibe trece millones y todo el mecenazgo del Ibex 35 y de los grandes medios de comunicación. También a estas alturas es imposible ignorar lo que sucede con el Corredor Mediterráneo, incluso en la calle Sorní. Es imposible no saber que varias decenas de miles de millones de euros han servido para conectar con alta velocidad ferroviaria capitales de provincia del tamaño de Xàtiva, pero no los cerca de quince millones de habitantes de la costa mediterránea. El patricio valenciano está enterado de los cuatro mil quinientos millones de euros que ha costado el rescate de las autopistas radiales de Madrid, y ha soportado estoicamente la burla reiterada del aeropuerto sin aviones, conocedor de los seis mil millones de euros que costó poner en uso la T4 del Adolfo Suárez, donde el viajero recorre largos pasillos desiertos con sus puertas de embarque inutilizadas, tan sin aviones como Castellón, que costó ciento ochenta.

Resulta difícil a estas alturas, aunque uno viva en la calle Sorní, desconocer la infrafinanciación que lastra nuestra competitividad, que somos un 12 % más pobres que la media española y soportamos un déficit fiscal del 3 % de nuestro PIB, que la inversión en infraestructuras territorializadas roza el insulto —6 € por habitante, nos lo decía el otro día un experto, entre compadeciéndonos y perdonándonos la vida—, que se nos presta a través del FLA el dinero que se nos debe por infradotación acumulada; que se nos trata, en general, como sociedad, de manera despreciativa y condescendiente. ¿Quién no lo ha percibido aún?

Sin embargo ahí están. Las banderas. No me parecen ni bien ni mal, las puedo entender, las respeto. Pero me chocan, de verdad: me sorprenden. Uno se imagina heredero de las acciones de un club al que por tradición ha pertenecido su familia durante generaciones. Se hace cargo de la posición social heredada y descubre, para su asombro, que allí siempre han mandado los mismos, otras familias, nunca la suya; que la posición de su padre, del abuelo, del bisabuelo, y etc., fue más bien decorativa, jamás decisoria, y que encima más de una vez pagaron la fiesta. Eso no significa que uno correrá a deshacerse de las acciones, pero piensa qué puñetas hacía el abuelo tan orgulloso con la insignia en la solapa. ¿Quizá solo intentaba congraciarse? Quizá.

Al patriciado valenciano se le supone bien informado, capaz de pensar por sí mismo, dueño de sus emociones y razonamientos. Y, aun así, algo no me encaja. No quiero pensar que la densidad de banderas tenga que ver con cuestiones sociolingüísticas, con idiomas olvidados, conciencias perdidas. Pero me asalta la idea de un mimetismo estéril, después de haberse castellanizado; un querer ser como ellos, parecerse a ellos, sin tener una sola de las ventajas de su poder.

Salgo en coche de la ciudad. Polígonos industriales que tratan de resistir, naranjales que jamás recibieron una subvención, montañas que no pertenecen a ningún duque o marqués. Cae la noche. Me alejo del centro de una burguesía a la que siempre me cuesta entender. Es pronto para sacar conclusiones.

Guillermo Colomer

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