EL Conde-Duque de Montoro y los valencianos muelles

Por Guillermo Colomer

Tronaba Mosén Porcar allá por el primer tercio del siglo XVII en las páginas de su dietario, pensando quizá que nadie le iba a leer. Desde luego, no se imaginaba el vicario de la parroquia de Sant Martí que sus juicios despiadados sobre los prohombres de su ciudad y los negros vaticinios que vertía sobre los destinos del Reino de Valencia, no solo estaban perfectamente justificados y se cumplirían de manera certera, sino que seguirían siendo aplicables a una sombra del reino foral llamada cuatro siglos más tarde “Comunitat Valenciana”.

Los hechos son bien conocidos y no por ello hemos sido capaces de rectificar. En 1600 Felipe III le hizo a Valencia el agasajo de celebrar en ella su boda real. Llegó una comitiva fastuosa de aristócratas castellanos, hubo grandes fiestas y el pueblo lo celebró. Felipe III tomó por esposa a Margarita de Austria en el Palacio del Real (¿quién se acuerda ya de que aquí hubo un palacio real?) y se marchó. Dejaron los castellanos la ciudad hecha un asco –hay testimonios documentados- y, por supuesto, con los mismos problemas que tenía cuando llegaron.

Cuatro años después el rey convocó las Cortes del Reino, para pedir dinero, naturalmente. La economía estaba maltrecha pero lo pedido le fue concedido al rey por los aristócratas y prohombres locales a cambio de cuatro carguitos, dos medallas, un título nobiliario y alguna concesión; aunque también -tema fundamental en aquel momento- que aplazara la expulsión de los moriscos, sobre los que descansaba buena parte de la economía del reino. A los cinco años al rey se le olvidó la promesa, y bajo la presión de un clero intolerante y una aristocracia castellana mucho más influyente, los moriscos fueron expulsados. El reino perdió un tercio de su población y las consecuencias no se hicieron esperar, gravísimos problemas de suministros, inflación galopante, impago de censos y finalmente la quiebra de la Taula de Canvis; o sea, la ruina absoluta del reino y su capital, ruina de la que tardó más de un siglo en recuperarse. No importó, el rey concedió a los aristócratas el privilegio del impago de los censos y la inejecutabilidad de las hipotecas que los garantizaban y asunto concluido.

Una vez más, cuatro pelotas salvados y el pueblo valenciano arruinado. Y entonces llegó lo peor: con el Reino de Valencia arruinado vino Felipe IV a convocar nuevas cortes de toda la Corona de Aragón en 1626: las de los aragoneses en Barbastro, las de los catalanes en Lleida y las de los valencianos en… (voilà!)…Monzón. Pero Monzón no está en territorio valenciano, dirán ustedes. No importa, al rey no le daba la gana desplazarse a Valencia, cuyos fueros además se había negado a jurar. Una legación fue a protestar por la discriminación respecto a catalanes y aragoneses, y la contestación del gracioso del Conde-Duque de Olivares ha pasado a la Historia: “es que tenemos a los valencianos por más muelles”.

Las Cortes eran una extorsión en toda regla, más dinero, más impuestos para sufragar las guerras de Castilla por medio mundo. Y es aquí donde comienza una historia muy triste que dura hasta día de hoy. Porque las Cortes se celebraron en Mozón, cuatro personajillos del reino se vendieron otra vez por unas medallas y un par de concesiones menores, los impuestos se aprobaron a pesar de la ruina y el régimen foral quedó ya para siempre tocado de muerte. Y peor aún: los aragoneses resistieron bastante bien y los catalanes se negaron a celebrar sus Cortes en Lleida e hicieron ir al rey hasta Barcelona, donde le dijeron a casi todo que no. Bien pudo Felipe III haberle dicho a su hijo aquello de “con los valencianos lo que querré, con los aragoneses lo que podré, con los catalanes lo que querrán”. Felipe IV estaba avisado de quiénes éramos y lo demostró.

Por cierto, ¿se me ha olvidado hablar del Conde-Duque de Montoro y de los valencianos muelles de hoy? No, que va, no se me ha olvidado. Creo que todos les hemos puesto cara y los tenemos en la mente y en el corazón. Dejemos que Mosén Porcar se desahogue por nosotros: “Déu los castigue ab sa divina justícia per haver venut i perdut i traït la terra”, escribió, entre otras muchas lindezas, el apesadumbrado mosén.

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