El conseller contra la AVL, en perfecto castellano

En un perfecto castellano, el Conseller de Gobernación y Justicia amenazó el pasado miércoles a la AVL acusándola de haber dejado de defender la lengua de los valencianos y ser un instrumento de conflicto. En un perfecto castellano, el President Fabra amenazó a RTVV el pasado mes de octubre con su cierre y la cerró después, sin escrúpulos y sin lograr que movieran una sola ceja sus jefes de Madrid, mucho más inteligentes y cínicos que él. En un perfecto castellano, desde la prensa madrileña se saludó el cierre de la televisión pública valenciana como un ejercicio de higiene financiera y sentido común. En un perfecto castellano, la prensa valenciana de capital madrileño ha justificado con remoquete el cierre de RTVV y pide, casi cada día, el cierre de la AVL. En un perfecto castellano, en fin, los gobiernos autonómicos de nuestra “Comunitat” siguen ejerciendo el mismo papel de los virreinatos de los Austrias, de las capitanías generales de los Borbones, de los gobiernos civiles de las dictaduras y las delegaciones de gobierno de la democracia, al servicio siempre de la Corte y el poder central del Estado, la fuente de su menguada notoriedad.

La conclusión es dura: los valencianos aún no hemos entendido la autonomía, y por lo tanto no la merecemos. Los partidos estatales la manipulan a su antojo y la convierten en juguete de sus intereses, de modo que nuestro régimen autonómico no tiene más sentido que los de otras comunidades, Extremadura o La Mancha por ejemplo, injustificables históricamente y que jamás tuvieron ni leyes propias, ni instituciones propias, ni idioma propio, ni fueron un país diferente y separado de Castilla, ni ese país les fue arrebatado en una guerra y anexionado (“reduzido”, se decía entonces) a Castilla y puesto bajo gobernación militar. Es curiosísimo que Galicia suela incluirse en la nómina de “naciones” ibéricas cuando desde el siglo XIII forma parte del Reino de Castilla y apenas tuvo instituciones ni derecho foral, mientras que aquí, hasta el siglo XVIII hubo un completo ordenamiento jurídico público y privado, hacienda, moneda y lengua oficial, sin que por ello hayamos obtenido la más mínima consideración del resto de la opinión pública y la sociedad civil españolas. ¿Será que los gallegos han mantenido más tenazmente su lengua y literatura? ¿Será que la hablan, aunque sea de forma castellanizada, y lo hacen además al margen de su ideología o condición social? ¿Sera que Galicia ha sido tierra de emigración, en lugar de recibir los aluviones de inmigrantes españoles y extranjeros que hemos recibido nosotros en los últimos doscientos años? Será lo que será, pero aquí cualquiera llega desde la administración central del Estado, se monta en una dirección general autonómica, de aquí pasa a una consellería y al momento está pontificando sobre las señas de identidad de los valencianos. Aquí cualquiera llega desde un medio de comunicación castellano, se aúpa a la dirección de uno valenciano y se pone a organizarnos la vida y a despotricar contra el valenciano porque parece catalán. Aquí cualquiera llega de fuera, lo hacen President de la Generalitat, en consecuencia lo nombran hijo predilecto de su pueblo de la Mancha o de Murcia, hace de las suyas y sale pitando hacia un ministerio o un destino lejano, o no tan lejano, como por ejemplo los juzgados. Y, mientras, la clase dirigente valenciana pasiva, o cooperante; mientras le levantan sus bancos y entidades de ahorro, le desmontan sus periódicos y televisiones, le forran de cemento lo más sagrado de su paisaje y le ningunean la lengua que ella misma ya ni siquiera sabe hablar.

Ahora le ha tocado a la AVL. Trece años de trabajo, una gramática, una normativa de pronunciación, un vocabulario y por fin un diccionario con 80.000 entradas, para que llegue un antiguo subgobernador civil en plan chulo y, como siempre en un perfecto castellano, lo eche todo a rodar. Y una vez más, por la solemne imbecilidad de siempre, por la suprema hipocresía de siempre: no haber dejado claro que dos lenguas en las que los días de la semana, los meses del año, los números, los colores, la topografía y las partes del cuerpo se dicen exactamente igual son, como todo el mundo sabe, dos lenguas completamente diferentes.

Al final, entre la emotividad excitada de los simples (“sancta simplicitas!”, que exclamaba el clásico) y el calculado cinismo de los hipócritas, dos millones de valenciano-parlantes y valenciano-pensantes de buena fe se van a quedar sin el instrumento que define y ordena su vocabulario al margen del egocentrismo del IEC y la omnipresencia de la RAE. En un perfecto castellano se lo van a enterrar los protectores supremos de sus señas de identidad, con el loable fin de que no se cuele en casa nuestra la más leve sombra de parentesco con el lenguaje de la hidra separatista. En perfecto castellano y para ofrendar nuevas glorias a una España que, una vez más, no se lo ha de agradecer (a quina mala hora, mestre Tous…). Pero, aunque sea también en un perfecto castellano, habrá que empezar a despertar a esa parte del pueblo valenciano que ya no se expresa más que en castellano pero aún es lo suficientemente inteligente y sensible para comprender que una lengua pertenece a quien la usa, jamás a quien no la usa. Quizá de este modo la parte sustancial de este pueblo que por encima de adversidades históricas y afinidades lingüísticas aún se siente pueblo, reaccione, se solidarice consigo mismo y evite verse definitivamente borrado de la faz de la tierra por la acción implacable de quienes dicen defenderlo.

Guillermo Colomer

 

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