Juicio a una clase social

Juicio a una clase social

Puede resultar duro de admitir, pero la situación de colapso a la que ha llegado la Comunidad Valenciana no se resuelve ni se explica solo señalando a unos cuantos desaprensivos, a un partido concreto o a la clase política en general. El fracaso valenciano es grave porque es profundo. Y eso significa que tampoco ofrece una fácil –menos aún rápida- vía de solución. Los mediocres, los corruptos, los parásitos de distinto pelaje que nos han abrumado y han asolado nuestro terreno de juego no han venido de Marte, estaban aquí. Como mucho han aterrizado desde algún territorio vecino para el que siempre hemos sido un Levante feliz (léase ingenuo y con clima agradable, algo así como naif, facilón). No es excusa, en cualquier caso, si alguno ha venido de fuera y ha hecho la suya, que después ha pasado por nuestra. Una sociedad que no atrae ni retiene talento pero resulta atractiva para “lo mejor de cada casa” es, de hecho, una sociedad que tiene un serio problema. Y un serio problema tenemos.

Valencia es un territorio ubicado a muchos kilómetros de distancia de los circuitos por los que circulan el dinero y el poder en España, y no hablo solo de kilómetros físicos, de esos que tienen mil metros, también humanos, afectivos, profesionales. Podemos tener de vez en cuando un empresario rico, pero generalmente es un individualista de mucho cuidado. Podemos tener un político en Madrid -¿hay alguno?- pero es siempre un jarrón decorativo; eso sí, un jarrón sonriente. Precisamente ese optimismo, esa inopia risueña que tan bien han encarnado algunos populares valencianos es el síntoma de la enfermedad: no somos nada, no pintamos nada, no nos enteramos de nada, pero estamos contentos.

Así que lo que hay en el fondo del problema es una clase social que no se entera, ni se quiere enterar. No tiene otra explicación. Porque sucede que enterarse significa muchas veces averiguar y cabrearse –con perdón de la expresión- y reaccionar, actuar. Y eso es lo que no hace esta clase media valenciana heredera de la Transición y la “Batalla de Valencia”. No actúa, no piensa, no se entera. Está aletargada, dormida, narcotizada por ese clima confiado y estúpidamente festero en el que se ha acostumbrado a vivir. Y claro, así es inevitable que te llegue esa pléyade de personajes mediocres y risueños, terriblemente individualistas, superficiales y hasta frívolos -además de ladrones en muchos casos- que nos han representado en los últimos veinte o veinticinco años a los valencianos. No les acusemos antes de haber mirado bien a nuestro alrededor. Son el espejo de cierta clase media valenciana y su inoperancia, y no será fácil sustituirlos por otros mejores mientras esa misma clase social no dinamite su paradigma mental de comportamiento conformista o deje paso a otro estrato humano más digno y activo.

Me permito recomendar una lectura y acabo con su cita. En su célebre novela “El Gatopardo” Lampedusa volcó un montón de frases inteligentes a propósito del atraso endémico de Sicilia. Una es sobradamente conocida y dice aquello tan cínico de que, para ciertas clases sociales, a veces es preciso que algo cambie para que todo siga igual. Otra me impactó incluso más, la recompongo cambiando Sicilia por el nombre de mi tierra: Valencia duerme una larga modorra de siglos, y contra nadie se irritará más que contra quien la pretenda despertar.

Me gustaría ser menos pesimista que Lampedusa, incluso si en algún momento de la Historia Sicilia fue profundamente valenciana. No se irriten conmigo.

Guillermo Colomer

 

 

 

 

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