La ilusionada torpeza de Mónica Oltra (o cómo en Valencia gane quien gane acaba pasando siempre lo mismo)

La ilusionada torpeza de Mónica Oltra (o cómo en Valencia gane quien gane acaba pasando siempre lo mismo)

Que Pablo Iglesias no tardaría en torpedear un posible pacto autonómico entre el PSPV y Compromís estaba cantado. Son demasiados los beneficios que se le ponen al alcance de la mano como para no intentarlo. Para empezar, resarcirse del pobre resultado obtenido en una comunidad autónoma que daba por segura para su causa. Las elecciones autonómicas importan poco a un Partido-Movimiento que aspira a conquistar en noviembre el BOE y la televisión pública nacional, y las ve como un simple peldaño hacia su objetivo. En Valencia, con un candidato gris y prudente, poco o nada mediático, Podemos ha sucumbido ante el ciclón Oltra y la singularidad lingüística y cultural valenciana. La euforia de Compromís la noche del 24-M estaba más que justificada, pero la coronación de su éxito quedaba en realidad pendiente de otra delicada cuestión: dejar en claro qué es Compromís y quién es Mónica Oltra. Y aquí Iglesias empezó a jugar sus cartas, seguro de poder demostrar que Oltra es mucho más que Compromís y que buena parte de ese éxito le pertenece.

Frustrar el pacto PSPV-Compromís tiene otros beneficios colaterales para Podemos. Dará como resultado un previsiblemente frágil gobierno de coalición entre PSPV y Ciudadanos, que podría ser investido con la abstención del PP. Ximo Puig será President, la derecha se felicitará de haber evitado lo que consideran barbarie populista y vuelta del catalanismo, pero la frustración del cambio que esperaba la izquierda recaerá sobre los socialistas, aupados al poder autonómico por el apoyo de la derecha. El PSPV saldrá tocado de muerte de ese gobierno. El PP, en la oposición con casi los mismos diputados que la coalición gobernante, se apuntará fácilmente el tanto y volverá por sus fueros –a fin de cuentas, nadie nos salva de los rojos y los catalanes como ellos-. Y enfrente del PP, Podemos esperará aglutinar el voto de izquierdas en las generales y anular a un Compromís que, al no tocar el poder autonómico, se consumirá esperando cuatro años más. Mónica será entonces la chica cargada de razón a quien dejaron sin su merecido juguete los socialistas y buscará el auxilio de Podemos. El Bloc, que es quien le permitió ser candidata, se irá a freír gárgaras. En las generales, con un PSPV debilitado, apoyo unánime a Iglesias, y en las próximas autonómicas la coalición valencianista convertida en una mera franquicia de Podemos. Como la UPN navarra. Fin de la jugada.

Uno puede entender la ilusión de Mónica Oltra por entrar en la Historia de España de la mano de ese tridente estelar que formarían Carmena, Colau y ella (la OCC, casi-casi como la BBC de los madridistas, un trío de lujo, el de la revolución social; ni Zapatero lo hubiera soñado mejor). Madrid, Barcelona y Valencia, tres capitales, tres nombres de mujer. Uno lo puede entender pero discrepa de la legitimidad de esa ilusión: Compromís, a mi entender, nada tiene que ver con tríos estelares ni aspira a entrar en la Historia de España, no sabe de personalismos, viene de un movimiento muy de base, muy trabajado durante décadas pueblo a pueblo, barrio a barrio, para poner en el tablero político la singularidad cultural y lingüística valenciana. A su manera, con sus errores, con sus místicas y sectarismos, pero con ese objetivo cumplido del que la derecha, hasta el momento, no puede presumir: el de haber dibujado en el mapa a la Valencia más antigua, la más vinculada sentimentalmente a lo que un día fue un reino no sometido a los usos y leyes de Castilla; la que, para bien o para mal, con razón o sin ella, aspira a poder seguir viviendo un siglo más en valenciano.

Pero Mónica Oltra se ha dejado seducir por un espejismo, el de siempre: Madrid, la ciudad que encarna en España el poder. Se le ha aparecido bajo la forma nueva de chico locuaz con barba y coleta, pero lo que se le ha aparecido es lo mismo de siempre: el fantasma del Conde-Duque de Olivares. La misma “aparición” que sufrieron en los años de la Transición el PSPV de Girona y Cucó, y la UDPV de Muñoz Peirats y Burguera, partidos que fueron fagocitados –y expurgados sin misericordia- por el PSOE y la UCD hasta anular en ellos la singularidad valenciana y poner nuestro reloj a la hora de Madrid. Por supuesto, y por mucho que la comparación le resulte horrenda, lo mismo también que se le “apareció” a la UV de González Lizondo y José María Chiquillo, cuando se los tragó un PP al mando del Honorable Zaplana. Aquí siempre acaba pasando lo mismo, ¿se dan cuenta? Pero esta vez intuyo que la frustración será mucho mayor.

Porque la noche del 24-M Compromís no sólo significó la eclosión de un giro valencianista en la izquierda, sino también la posibilidad de hacer saltar ese giro al centro, e incluso, de algún modo y con otros matices, de impregnar de valencianismo a una derecha cansada de hacer el papel de Gobernadora civil a cambio de nada.
Es lo que no parece haber entendido Mónica Oltra cuando exige la Presidencia de la Generalitat a costa del sentido común y las matemáticas, sólo porque cuenta con el apoyo de Pablo Iglesias. O quizá sí lo ha entendido, y entonces es que no le importa. No le importa que Iglesias decida quién gobernará en la Generalitat Valenciana, que, además, no va a ser ella.

Guillermo Colomer

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