La orilla de Chirbes y el Empordà de Carol

La orilla de Chirbes y el Empordà de Carol

Rafael Chirbes

En parte por casualidad y en parte premeditadamente, este verano he cruzado lecturas con destinos. La primera parte de las vacaciones la pasé en mi casa del Ampurdán, donde leí la exitosa novela de Rafael Chirbes “En la orilla”, ambientada en la comarca de la Marina Alta. Y en la Marina Alta estuve después, y allí me llevé en la maleta “Un estiu a l’Empordà” de Màrius Carol. A veces resulta curioso realizar las lecturas a pares, es como si los libros se hablaran unos a otros y de ese diálogo extrajera uno conclusiones que por separado hubieran resultado menos obvias.

Vamos por partes. Rafael Chirbes (Tavernes de la Valldigna, 1949) ha vuelto a firmar otro libro excepcional. Después del éxito arrollador de “Crematorio” (2007), Chirbes se ha convertido en el escritor español de referencia en lo que llevamos de siglo. Le llueven los premios y empieza a recibir las comparaciones más hiperbólicas. Su trayectoria, sin embargo, no ha sido fácil. Alejado de los círculos mediáticos que otorgan fama y dinero, ha pagado su independencia creativa con un reconocimiento tardío que pasó por alto el ser uno de los autores favoritos del público alemán. Tuvo que penar años en la segunda división literaria, escribiendo para guías de viajes y revistas gastronómicas mientras una legión de mediocres pasaba por encima de su trabajadísima obra. Pero al fin ha encontrado el tema con el que amplificar su talento: lo tenía delante mismo de sus ojos. El de Tavernes pasará a la historia como el escritor que ha contado como nadie la España del ladrillo. Si en “Crematorio” era el boom de la construcción y la corrupción municipal, ahora es el desgarro de la crisis. Un pequeño industrial, dueño de un taller de carpintería heredado, se ve abocado al cierre y la ruina cuando su principal cliente, un promotor al que se ha asociado, entra en concurso de acreedores. La voz del protagonista, una especie de hombre sin atributos en la frontera de los sesenta años, sin vocación por el trabajo, sin esperanza, condenado a vivir con un padre enfermo al que nunca ha querido, se funde en una espiral vertiginosa con las de otros personajes de distinta suerte y condición, empleados, sirvientas, amigos, todos atrapados en la misma ciénaga de podredumbre social y corrupción moral que simboliza un pantano próximo a la imaginaria localidad de Olba (Pego-Oliva).

La prosa de Chirbes, hipnótica y desgarrada desde el comienzo, arrastra al lector por un auténtico viaje al fondo de la noche de la desesperanza, al corazón de las tinieblas de la más explícita y obscena miseria, tanto moral como material. El lector no saldrá indemne de su lectura. En ocasiones, la novela parece estar escrita al dictado del mismo instinto de muerte. Quizá sin pretenderlo, Chirbes, más que un texto sobre la crisis ha escrito una especie de misa de difuntos, un réquiem con crisis de fondo. La vanidad, la podredumbre, la vejez, el tiempo, la nada, el asco, todo fundido alrededor de un pantano adonde van a acabar sus días juntos los escombros de las obras, los desechos industriales, los animales muertos y los cadáveres de los asesinados. Presente ya en “Crematorio”, esta crudeza narrativa es un rasgo que se acentúa en esta nueva entrega del ciclo. Chirbes no tiene misericordia con sus criaturas, ni con sus pueblos, sus gentes, sus paisajes. Todo es duro y explícitamente desagradable en “Misent” (Dénia) y en “Olba”. Jamás un destello de humor, nunca la ironía, menos aún la risa o la alegría, prohibidas en plena costa mediterránea. El buen vivir es gandulería chabacana, el erotismo suciedad de prostíbulo, la cultura pedantería en estado puro. Nadie está contento con lo que tiene y los personajes más mediocres e iletrados peroran como si fueran Séneca antes de abrirse las venas. Amargura y desesperanza a raudales en un escenario obsesivamente feo. Bien, es un recurso literario para describir el infierno (“perded toda esperanza”), y Chirbes lo utiliza con maestría. Pero no deja de llamarme la atención este trazo tan cruel y seco, sequísimo, en una tierra donde la socarronería fluye de debajo de las piedras; me hace poco reconocible el escenario valenciano. Chirbes se revuelve una y otra vez en el fango de la fealdad, la depravación, la miseria, hasta la náusea. Se diría que no hay una sola familia en Misent que no cuente con una nutrida nómina de gentuza en su árbol genealógico. Y me recuerda aquel rasgo del ciclo valenciano de Blasco, de quien se dijo que no había un solo personaje en sus novelas valencianas que no fuera un malnacido. Pero Blasco envolvía a sus criaturas en la dureza del medio económico, en la injusticia política, y en un paisaje prodigiosamente bello. En Chirbes la injusticia política y el paisaje no existen. No lo ve, o no le importa. Y el lector solo percibe una tierra de malnacidos, un país maldito. El nuestro.

Todo lo contrario de “Un estiu a l’Empordà”. Màrius Carol Peñella (Barcelona, 1953), escritor consolidado, responsable de comunicación del Grupo Godó y actual director del periódico La Vanguardia, nos ha venido a descubrir el paraíso. A un periodista veterano, corresponsal en el extranjero, le cae del cielo una herencia justo cuando los recortes lo traían de regreso a un destino administrativo en la sede central de su periódico, en Barcelona. La joya del caudal heredado es una masía en el corazón del Ampurdán, en el paisaje idílico de los alrededores de La Bisbal. La feliz coincidencia lo devuelve a un reencuentro con la comarca en la que disfrutó los mejores veranos de su adolescencia y lo llevará a replantearse su futuro personal y profesional. La novela no escatima tópicos, Pla, Dalí, la tramontana, etc., pero abunda también en guiños cultos, gastronomía, cine, literatura, arquitectura, antigüedades. El libro es casi una guía amena antes que una novela. Y el Ampurdán, ni que decir tiene, luce en todo su esplendor, sólo comparable a la Toscana y la Provenza, explícitamente traídas a colación en algunos capítulos de la novela. A diferencia de la Marina de Chirbes, donde todo es suciedad, codicia y miseria moral a chorros, en este Empordà de Carol uno cree haberse topado con la armonía de los paisajes de la escuela flamenca, un decorado de belén navideño donde el mundo es ingenuamente perfecto y feliz. Carol, sin duda, ha querido rendirle un homenaje literario a una tierra que se lo tiene bien merecido pero que, por otra parte, no lo necesitaba. Es discutible si la mejor forma de hacerlo, teniendo por delante la solidez de Pla o incluso de Antoni Puigverd, era esta fórmula un tanto naíf y de mercadotecnia (la antítesis del Invierno en Mallorca de Georges Sand, a pesar del paralelismo del título), pero sin duda añade un granito más, una nueva aportación a un país físico y espiritual que los catalanes llevan camino de convertir en un mito.

No se me entienda mal pero es que el libro no pasa de ser un divertimento. Vaya por delante mi admiración en un doble sentido: el primero, que conozco el Ampurdán como si fuera mi casa (es, de hecho, mi segunda casa), y me ha resultado grato reencontrarme en sus páginas con tantos lugares, rincones y hasta personas que he tenido el privilegio de conocer. El segundo, la sana admiración que me produce ver a un escritor al frente de un periódico (en la tradición de Chaves Nogales o Delibes) y la desazón que siento al recordar que el que debería ser equivalente valenciano de La Vanguardia tuvo también por directores a notabilísimos literatos como Teodoro Llorente o Martín Domínguez. Ahora bien, quizá en el libro de Carol hay un condimento excesivo cocina, como se dice ahora- que por momentos casi lo convierte en una novela rosa. Lo más interesante, sin embargo, nada tiene que ver con el título, y es cierta reflexión de fondo sobre el destino del periodismo escrito en este mundo desconcertante y aparentemente gratuito de internet. ¿La información no vale dinero? ¿La opinión y el esfuerzo de escribir se pueden regalar impunemente en la red? Qué quieren que les diga, en ello me encuentro ahora mismo sentado a mi terminal, gastando tiempo y materia gris, sin cobrar. La reflexión de Carol en su novela es muy pertinente. Ya les anticipo que no encuentra la respuesta. Quizá un día nos despertemos todos esclavos de quienes fabrican estos malditos aparatos y poseen sus programas, los que nunca han intentado regalarnos nada ni el público se lo ha pedido. Inquietante, sin duda. Por esta razón, y por cierta amenidad innegable, se le pueden pasar por alto a Carol algunos detalles en exceso edulcorados y premeditados de su obra: desde las descripciones gastronómicas reiterativas al más puro estilo Máster Chef, hasta cierto erotismo de rebajas en el que planean las malditas sombras de Grey. Todo lo daremos por bueno, incluso que las jóvenes más atractivas y cosmopolitas de Londres tengan el vicio de desnudarse y hablar (y lo que no es hablar) a los maduros señores de sesenta años con la misma obscenidad con la que curiosamente ellos sueñan o han visto despatarrados en algún desafortunado filme porno. Y sin cobrar, como en internet.

Y por lo demás, ni los ampurdaneses son los tipos sensibles, cultos y creativos que describe Carol, ni los valencianos de la costa esa escoria malnacida, avariciosa y miserable del Misent de Chirbes. Ni la literatura se hizo para repartir reputaciones, aunque es un síntoma. En realidad, muchas veces son las elegías dulzonas las que están de antemano condenadas al fracaso, mientras el éxito se vuelve a favor de quienes han clavado el puñal, incluso de la manera más injusta, hasta lo más hondo de la sociedad. Qué decir de Thomas Bernhard, de Robert Musil o de Thomas Mann. O de Oscar Wilde. O de Galdós.

Sí, pero es un síntoma. Insisto. Unos no se cansan de mirar su ombligo mientras otros se rajan las vísceras en público. Saque cada cual sus conclusiones; yo aún he de volver sobre las bellas comarcas de la Marina y el Ampurdán a propósito de la reflexión sobre el urbanismo. Mientras, acéptenme el consejo: visítenlas -¡nunca en agosto!-, y lean. Lean a Carol y a Chirbes, y a Pla, a Maragall, a Verdaguer; y a Gabriel Miró y a Enric Valor, sin olvidar esa pequeña joya de Carmelina Sánchez-Cutillas sobre Altea: “Matèria de Bretanya”, ganadora del Premi Andròmina de 1975. Es bueno conocer lo que fueron, lo que son y lo que podrían ser nuestros paraísos. Cómo nos vemos. Cómo nos ven.

Hasta pronto.

Guillermo Colomer

 

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