La singularidad valenciana

La singularidad valenciana

Podría hacer un análisis aséptico con los datos de las elecciones pero no me apetece. Eso que lo hagan los periodistas. Prefiero otra cosa, así que vamos con un comienzo del todo incorrecto: El sábado de la jornada de reflexión me encontraba almorzando con unos amigos en el bar de un pequeño pueblo de la Safor. Alguien bromeó con el dueño, un señor taciturno de edad indefinida, acerca de la cita electoral y él respondió que nunca votaba. No parecía muy enterado, y cuando una voz le sugirió que votara a Compromís el hombre se quedó callado. Después preguntó: “Eixos parlen en valencià?” –toda la conversación había discurrido hasta ese momento en valenciano-. Cuando le respondieron que sí, el hombre lo volvió a meditar, como si no se atreviera. Al final, mirando a ninguna parte, sentenció: “Tot el mal d’esta terra l’han portat els que parlen en castellà”.

La frase, todo lo xenófoba e incorrecta que se quiera pero pronunciada en la más estricta intimidad, me dejó un buen rato pensativo. Me parecía llegada entre los valles de la montaña como un eco lejano que llevara encerrado en ellas un siglo, dos siglos, tres, desde el recuerdo amargo de Almansa e incluso más allá. Y me acordé de otra anécdota similar vivida hace ya muchos años en un pueblo encantador del Ampurdán. En un parque jugaba con mi hijo de un año y otro bastante más mayorcito se acercó a curiosear. Nos había oído hablar en castellano y nos preguntaba si éramos del Real Madrid, y costaba convencerle de que no. Él, claro, era del Barça. De pronto el rostro de una joven mujer apareció en el marco de una ventana, a lo lejos. El niño empezó a ponerse nervioso y a desviar la mirada. Casi dejó de prestarnos atención. Hasta que al fin, girando la cabeza hacia aquel extremo de la plaza, gritó: “Mama, estic parlant en castellà!!!” Me quedé estupefacto.

Lo que ha sucedido el pasado 24 de mayo en la Comunidad Valenciana es sencillamente que ha emergido en la forma de fenómeno político nuestra singularidad lingüística y cultural, tantos años –siglos en realidad- soterrada. Basta analizar los datos con un poco de atención y un mapa delante para entender qué ha pasado. A las siete de la tarde del domingo todavía un gurú local vaticinaba 37 escaños al PP, el resultado discreto del PSPV, una muy potente irrupción de Podemos y Ciudadanos y… ninguna representación para Compromís. En solo dos horas se demostró que esos vaticinios respondían a una lógica ya obsoleta y había saltado la sorpresa: ninguno de los partidos de ámbito estatal podía presumir de resultado, todos habían quedado por debajo de sus expectativas, en menor medida aún pero igual que pasa en el País Vasco, en Navarra, en Cataluña o en Canarias.

Ahora volvamos al mapa, porque Compromís no ha hecho sino reproducir fielmente los tonos o colores de cualquier estudio gráfico de sociolingüística que nos muestre, comarca a comarca, pueblo a pueblo, la implantación popular de la lengua valenciana. Con la única excepción quizá –y por eso mismo muy remarcable- de Valencia capital, fuertemente castellanizada, donde también han vencido en muchos distritos y pueden tener la alcaldía (contrástese con el resultado pobre de ERC en Barcelona para comprender la magnitud de lo acaecido en la capital de los valencianos). El éxito de Compromís, que va a condicionar la política de los próximos años, se ha cimentado milimétricamente en ese 50% del territorio donde la lengua autóctona aún es dominante y en proporción directa a su dominio. Quizá se pudiera decir que por vez primera en nuestra Historia la lengua se ha llenado de carga política y ha actuado como catalizador de un cambio que en otras partes de España lleva décadas de recorrido. Quien no lo quiera entender que no lo entienda: l’Horta, la Ribera, la Safor, la Costera, la Marina, la Vall d’Albaida, el Comtat, el Camp de Morvedre, la Plana, els Ports y un largo etcétera. Sueca, con un 35% de sufragios, Tavernes de la Valldigna, con un 44%, Alzira, con un 27%, Dénia con 32%, Xàtiva con un 24%, Valencia, una ciudad de 800.000 habitantes, con sólo 10.000 votos menos que el PP. La singularidad valenciana ha emergido muy fuerte, sin esperarla, y ha tenido que ser un cúmulo de circunstancias el que ha entregado la llave del poder a la única formación que podía presentarse ante el electorado sin el lastre de la “obediencia debida” a sus cuadros dirigentes de Madrid.

Esa es la clave, a mi modesto entender; sé que puedo resultar reiterativo pero los hechos me dan la razón. Quizá porque lo he visto antes en Cataluña y sé cómo se gestan ciertos fenómenos, lo veía venir también aquí. Aunque no tan rápido. El ciudadano valenciano mínimamente despierto tiene la impresión de que en 500 años no hemos tocado bola en lo que a poder y política de Estado se refiere. Y tiene razón, porque ha sido así. Y ha tenido que venir una crisis internacional con la bancarrota de nuestra Administración y nuestra economía para darnos cuenta de que estábamos infrafinanciados de un modo humillante, que nuestras infraestructuras eran insuficientes mientras pagábamos las de otros lugares, que con una renta per cápita un 12% inferior a la media tenemos un déficit fiscal de un 3% de nuestro PIB (¡que es casi el déficit máximo permitido constitucionalmente en Alemania para los lander más ricos, o sea para Baviera o Baden-Württenberg!). A ello añádase la corrupción, tan generalizada y pintoresca, ciertos gestos fatídicos como el cierre de la radiotelevisión pública, los modos chulescos más propios de otras épocas, ese señoritismo acastellanado que tanto odia la población de comarcas –muy numerosa, no lo olvidemos-, la falta de transparencia en el gasto público, en la contratación y las subcontratas de servicios, etc, y el resultado de todo junto está servido.

¿Y por qué cuaja esa conciencia de discriminación secular en el corazón de la lengua autóctona antes que en otros ámbitos? ¿Por qué hace de catalizador, de fuerza motriz? Es bien sencillo, aunque algunos -Ciudadanos o UPyD, por ejemplo- siguen sin entenderlo. Porque es en los ámbitos valencianoparlantes donde se refugia de modo más callado y amargo esa sensación de no ser suficiente, de complejo de inferioridad inducido, de reserva indígena menospreciada. El valenciano que piensa en valenciano y ha de traducir su pensamiento rechaza instintivamente los medios de comunicación que no se expresan en su lengua, mientras que el castellanizado los absorbe. Pero ahora hay redes sociales, los medios tradicionales pierden su influencia y el pensamiento viaja mucho más rápido en cualquier idioma y sin filtros controlados desde los centros de lo políticamente correcto. Ya no estamos en los tiempos en que Suárez controlaba la única televisión de España y ganaba prácticamente donde y como quería. Hasta en Cataluña. Compromís se ha movido admirablemente en esos medios, en las redes y a pie de calle, mientras otros aún seguían confiando en el influjo de las televisiones amigas, las homilías diarias de los radiopredicadores y tertulianos, o los obsoletos diarios en papel.

¿Qué pasará ahora? ¿Qué alianzas cuajarán o cómo se administrará el éxito y el fracaso? Es un momento realmente interesante. Convendría no perder de vista que el PP, a pesar de todo, ha ganado las elecciones, aunque su descalabro en términos de poder real ya se esté comparando al de la UCD en 1982. No hay para tanto. El PP, en mi opinión, sigue muy vivo. Por otro lado, convendría tener presente también la famosa frase de Sr. Winston Churchill cuando le enseñaba a un joven aspirante conservador las bancadas de la Cámara de los Comunes: “Ahí enfrente se sentarán tus adversarios. Y aquí mismo, a tu lado, tus enemigos”. El adversario te quiere ganar pero el enemigo te quiere muerto. Todas las alianzas y los gobiernos de coalición dan a la larga como resultado que un partido se merienda al otro. Que se lo digan a aquella UV de González Lizondo y su famoso “pacte del pollastre” con el PP de Rita, que solo tenía un concejal más, en 1991. O al PSC de Maragall y Montilla, a quien se tragó ERC en los Tripartitos de 2004 y 2008. ¿Quién se comerá a quién en Valencia? ¿Llegarán a pactar quienes parece que van a pactar? Ya estamos viendo que los comienzos no están siendo nada fáciles. Se admiten apuestas.

Por mi parte, creo que Podemos intentará vampirizar a Compromís, infiltrarse, hacer de ellos su marca blanca valenciana y de Oltra la “chica Almodóvar” de Pablo Iglesias. A su vez, Puig recibirá el empuje de su dirección para que lo intente con Ciudadanos, temerosos de que Oltra se lo meriende vivo desde la vicepresidencia de la Generalitat, sobre todo cuando eventualmente llegue al poder Pedro Sánchez en Moncloa y se vea que el problema de la financiación autonómica no tiene arreglo. Pero ayer mismo Puig afirmaba en RAC-1 que Valencia está ante la oportunidad histórica de definir su relación con España, y eso en Ferraz, de federalismo muy exhibido pero nominal, suena muy pero que muy mal. De otra parte, Ciudadanos y el PP se han quedado a medias por intentar ser lo mismo. El que tenía que haber sido el colchón de Fabra y Rita para seguir cuatro años más ha terminado por ser su tumba. Cosas de la regla D’Hont y de la ceguera perpetua de ciertos sectores sociales que creen que la Comunidad Valenciana acaba en el segundo cinturón de ronda de la capital. Ciudadanos no ha sabido entender la singularidad valenciana (¿Por qué no se ha atrevido a ser aquí “Ciutadans” y en cambio se ha presentado bajo la misma marca que en Murcia o La Rioja? ¿Tienen miedo Rivera o Punset de pronunciar aquí “su valenciano” de Barcelona y que Rita con su impecable caloret diga ya os tengo malditos catalanistas?). Interesante sin duda será ver la reacción de la derecha valenciana una vez que la pérdida de poder se consume irreversiblemente, como interesante también será observar la impaciencia de Compromís por poner en circulación las cuatribarradas. Que cunda el sentido común y el orden lógico de las prioridades. Al final, si volvemos a una segunda Batalla de Valencia todos perderemos otra vez.
Y ojo, porque hay a quien no le importará en absoluto.

Guillermo Colomer

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