Los falsos mitos de Tous (1982)

Los falsos mitos de Tous (1982)

Se han cumplido esta semana 32 años de la tremenda catástrofe que asoló la comarca de la Ribera la tarde-noche del 20 de octubre de 1982. Como suele suceder, a medida que el tiempo aleja los hechos, la memoria los deforma a su manera y así es como van cristalizando poco a poco los mitos populares con los que tan frecuentemente se escribe la Historia. Lo que dejaremos los contemporáneos de la Ribera a la posteridad corre el riesgo de reducirse a un cierto desorden emocional, en lugar de ser la crónica rigurosa que cabía esperar de los tiempos modernos. Veamos de poner al menos un poco de claridad.

Los mitos de la riada de Tous son, fundamentalmente, tres: que la catástrofe estuvo motivada por la rotura de la presa; que esa presa estaba mal construida; y que la acción pública del Estado nos dejó indefensos, además de no habernos reparado después el perjuicio causado. Me temo que sólo el último de los tres es un mito sólido, aunque quizá algo exagerado. Los otros dos no resisten un análisis riguroso, o deben, por lo menos, ser muy matizados si no se quiere caer en el error de la inexactitud.

Comenzando por el primero, bautizar a la riada de 1982 como “pantanada” puede ser aclaratorio o descriptivo, pero despista. Induce a error. Es inexacto. El volumen de agua que inundó los pueblos no fue tan enorme por causa de haberse vaciado el pantano, sino por haberse dado una circunstancia meteorológica completamente excepcional. Llovió como probablemente no había llovido en 100 o 150 años. Hay muchos datos, pero baste uno: con los aportes del Júcar registrados en Cofrentes, sin contar Escalona, el embalse se podía haber llenado 17 veces en 30 horas. O sea, no fue, estrictamente hablando, una “pantanada”, sino una avenida fluvial en toda regla, una riada de dimensiones históricas. Con pantano o sin él.

Segundo. La presa no estaba mal construida; era pequeña, que no es lo mismo, Es cierto que las compuertas no funcionaron por una serie encadenada de desaciertos y negligencias, pero esas compuertas sólo podían evacuar 4.000 m³/s, y los aportes a la cabecera del embalse llegaron a ser de 7.000 y 8.000 m³/s, con algún pico de 10.000. Sencillamente imposible de laminar. El embalse hubiera rebosado igual y la presa hubiera caído de todas formas, pero más tarde, en plena madrugada y con mucha gente durmiendo. Este es el mito más paradójico e incomprendido de todos: que no funcionaran las compuertas quizá nos salvó la vida. Lo cual, obviamente, no justifica el hecho de que no funcionaran. Ni tampoco la decisión suicida del MOP de construir una presa tan pequeña en un lugar con ciclos de lluvias tan extremos. Por lo demás, la gente no suele entender que evacuar correctamente 4.000 o 7.000 metros cúbicos por segundo es una catástrofe garantizada (un solo metro cúbico es una tonelada de agua, o sea, una bomba). Evacuando esas cantidades no se rompe el pantano, pero la comarca se inunda igual.

El tercer mito es quizá el único cierto. La acción del Gobierno esa noche, tanto el civil de la provincia como el Central del Estado, fue digna de una película de Berlanga o de un sainete de Mihura; muy hispana, muy carpetovetónica, más propia de la España de la posguerra que de un país que organizaba un Mundial de fútbol y entraba en la OTAN. No hubo previsión, ni había plan ni organización que no fuera la que espontáneamente improvisaron los alcaldes de los pueblos y el voluntariado. El Gobernador civil, un ave de paso de infausta memoria para los valencianos, no era ni capaz de ubicar correctamente los pueblos sobre los que gobernaba. Alertó repetidamente a Xàtiva, a 20 km del Xúquer y a 100 metros de altitud sobre su cauce, y olvidó Carcaixent, donde murieron 7 personas; afirmó chulescamente a las 12 de la noche, por la radio, que todo estaba controlado y la presa seguía en pie, justo a la hora en que se daban los registros históricos de altitud del agua en las calles y del pantano no quedaba nada; y en todo el día no fue capaz de hacer llegar al lugar de los hechos más equipo técnico que un guardia civil. El Presidente del Gobierno (un ingeniero de caminos), según testimonios periodísticos, gritaba en Moncloa “ese guardia civil es un burro, las presas no se caen” cuando a las siete de la tarde aquel funcionario le decía sencillamente lo que estaba viendo. José Maria García, famosísimo periodista especializado en deportes pero que se metía en todos los charcos (nunca mejor dicho) tuvo que entrevistar a un pastor analfabeto por todo testigo: no había nadie más allí, nadie que representara a la autoridad pública. Después, al calor de las elecciones, llegaron las promesas pero no las ayudas. Ni con aquel gobierno ni con los que le siguieron hubo reconocimiento de responsabilidad objetiva alguna, ni reparación del daño civil y moral. Tenían mucho que gastar (y que ganar) en los fastos de 1992, infinitamente más importantes para la Patria.

En fin, siempre he pensado que deberíamos legar a las generaciones venideras un estudio más fiable que la sola memoria borrosa y más o menos emocional que dejaremos. Se nos empiezan a ir los hombres clave de aquellos días, y llegará el día en que nos habremos ido todos. Pronto se cumplirán también los 150 años de la riada de San Carlos de 1864, y solo la crónica literaria de Vicente Boix subsiste como fuente auxiliar de su conocimiento. De Tous tenemos mucho más material, y muy objetivo, pero a día de hoy permanece aún en un cierto limbo difuso y desordenado. No condenemos la riada de 1982 a la categoría de mito popular. En mi opinión, se han hecho cosas valiosas, pero falta la crónica definitiva.

Y sigue sin llover, en pleno agosto a 23 de octubre. Aunque, cuidado, no se confíen.

Guillermo Colomer.

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