Manuel Broseta: la oportunidad perdida

Manuel Broseta: la oportunidad perdida

El jueves 16 de enero de 1992, en un domicilio particular de la ciudad de Valencia, se iba a celebrar una cena privada que pudo haber cambiado el curso de nuestra historia. Pero precisamente por avatares de la historia, aunque bastante ajenos a nuestra historia, esa cena nunca tuvo lugar; la misma víspera del evento, ETA, incomprensiblemente, asesinó al anfitrión. Detrás de aquel encuentro discreto había poco más que un reducidísimo puñado de personajes de la sociedad civil valenciana y mucha ilusión; ningún partido político, ninguna institución como tal. Es más, el encuentro fue preparado cuidadosamente al margen de la política y el mundo institucional, aunque con la manifiesta ambición de influir en él. Y fue la política, primero en su forma más atroz y fanática, la del terrorismo, y después en la más habitual y civilizada de la partidocracia, donde exhibe toda su irritante incapacidad para componer intereses maltrechos, la que se entrecruzó con la cita y lo echó todo a perder.

Retrocedamos en el tiempo para comprender. Entre los años 1977 y 1979, en plena Transición, se desata en la ciudad de Valencia una violenta disputa alrededor de la identidad valenciana y sus símbolos. Es la llamada “Batalla de Valencia”, de la que no está escrita la última página y cuyos perniciosos efectos civiles y políticos arrastramos hasta día de hoy. Diseñada desde fuera y detonada desde dentro, aquella triste batalla convirtió nuestro suelo en un Vietnam donde el nacionalismo catalán y el centralismo madrileño midieron fuerzas de cara a futuros enfrentamientos más decisivos. La sociedad valenciana picó el anzuelo y se dividió en dos frentes: catalanistas contra anticatalanistas o blaveros. Bombas, agresiones, insultos, persecuciones morales implacables, odios cainitas, osadas manipulaciones, desinformación, fanatismo a raudales, nos convirtieron en el segundo punto caliente de discordia territorial identitaria después del País Vasco, aunque aquí bajo la forma exclusiva de contienda interna; una contienda de la que resultó al final una sociedad agotada, un estatuto de autonomía que supuso la muerte definitiva de nuestra condición histórica diferencial en beneficio de otros territorios que apenas tuvieron derecho propio o no lo tuvieron en absoluto, y, lo que es aún peor, un par de víctimas mortales y una incapacidad quizá irreversible para gestar un futuro colectivo. El resultado del match, de aquel estúpido Barça-Madrid al que le prestamos la sangre y el terreno de juego, es bien conocido de todos: Madrid ganó por goleada delante de una muy torpe e ingenua iniciativa catalana. Manuel Broseta, en sus inicios tímidamente catalanista, fue al final uno de los artífices de aquella goleada.

Si repasamos la historia y las hemerotecas observamos que la sociedad valenciana contaba con notables personalidades –contrastan con el espantoso vacío intelectual de ahora-, y aun así no fue capaz de conducir la recién estrenada democracia a un éxito colectivo. Debe ser que las fuerzas que se oponían a ello eran realmente poderosas. Lo eran, sin duda. Estaba en juego la unidad de España, al menos la unidad tal como se entiende en la Meseta: ellos mandan, nosotros trabajamos. Por eso la estrategia catalana fue torpe, porque nos unía algo y se rompió. Entre el paternalismo un poco insolente de Pujol y el desprecio de Tarradellas, Fuster y los suyos se quedaron solos frente a unos poderes fácticos completamente castellanizados y todavía herederos del franquismo, con cuyos medios la derecha les arrolló. Porque para leer a Fuster -empeñado en escribir en catalán “barceloní” porque así le premiaban en Barcelona- había que hacer un esfuerzo; en cambio, para leer los insultos y las simplezas de María Consuelo Reyna bastaba saber leer como se leía en el parvulario de la escuela. No había medias tintas: o éramos catalanes o habíamos nacido para ofrendar glorias a España, imposible encontrar un punto de equilibrio desde donde cuestionar cargados de razón ambas cosas. En medio de ese debate tan polarizado, tan agresivo, personas eminentes como el profesor Broseta dieron unos bandazos que todavía hoy cuesta explicar, aunque se puede. Es bastante aleccionador, por ejemplo, leer los artículos de prensa escritos por el profesor Broseta antes y después de ser fichado por la UCD, artículos, por cierto, bastante improvisados y literariamente flojos que contrastan con la solidez de su obra jurídica. En ellos choca su defensa de la unidad lingüística o de la senyera histórica foral con la posterior justificación del secesionismo lingüístico y de la franja azul sin otro argumento que un enfado más o menos justificado, pero en todo caso pueril, contra las intromisiones de la estrategia nacionalista catalana en los asuntos valencianos. Curioso también cómo, al unísono con el periódico Las Provincias y la llegada de Abril Martorell al cuartel general de la UCD valenciana, deja de utilizar el término “país” para referirse a su tierra y su gente, a quienes siempre antes denominó País Valenciano sin por ello avalar en absoluto la tesis política de los “Països Catalans”, fuente del conflicto. Como sorprende que no fuera capaz de escribir una sola línea en la que -hijo de Banyeres de Mariola- era su lengua materna y para la que tanta normalidad y promoción reivindicó.

Pero el caso sinuoso de Broseta no es único ni merece un juicio precipitado. Hubo muchos más. Baste citar alguno, como el de la trayectoria del corredor de comercio Joaquín Maldonado, implicado activamente en el alzamiento del 18 de julio, quien, obsesionado durante el franquismo por traer la Bolsa a Valencia y profundamente irritado con el voraz centralismo financiero de Madrid, acabó cogido del brazo de Joan Fuster en las manifestaciones reivindicativas del autogobierno. El propio Broseta había gritado también por las calles “llibertat, amnistía, estatut d’autonomia” en cabeza de las manifestaciones de los años setenta, cuatribarrada a la espalda, para acabar en 1979 a las órdenes de Abril Martorell abogando en el Senado y en Las Provincias por un estatuto de segundo nivel, el que convino al pacto UCD-PSOE, y de un modo muy personal, también a él. Y es que el egoísmo y la venalidad iban por barrios, y ningún bando estuvo libre de ellos. Merece la pena, por ejemplo, leer la correspondencia privada entre Joan Fuster y el profesor Manuel Sanchis Guarner, donde se cruzan ásperos reproches a propósito de si es inteligente o más bien estúpido (o interesado) llamar “catalana” a la lengua de los valencianos y escribirla y hablarla al modo dialectal barcelonés, sean cuales sean las reacciones que esto suscite en Valencia. “Yo sé quién me paga el arroz” le llega a contestar el ensayista al filólogo, quien se queda estupefacto y le vaticina la catástrofe. En fin, visto desde la distancia resulta muy interesante todo, aunque al final triste, por estéril. Anduvimos muy confundidos.

Sin embargo, dentro de la esterilidad y de las actitudes ambiguas o cambiantes, a las que el profesor Broseta no fue ajeno, siempre cabrá salvar a quienes tuvieron una preocupación sincera por el futuro colectivo y lucharon por superar la división huyendo de sectarismos, promoviendo la vuelta a la concordia y el diálogo una vez apagados los ecos de la batalla. Un grupo de ellos se reunía mediados los ochenta en Jávea con la intención de poner fin al conflicto. A esa tertulia acudían habitualmente el profesor de sociología de la Universidad de Valencia Damià Mollà y el escritor Eduard Mira, quienes alumbraron conjuntamente en 1986 la primera contestación seria -y muy literaria- al Nosaltres, els valencians de Fuster, un ensayo que titularon “De impura natione” y que recibió precisamente el Premio de Ensayo Joan Fuster, dentro de los Premis Octubre organizados por Eliseu Climent y Acció Cultural del País Valencià. Mollà y Mira se reunían frecuentemente en la casa de Jávea de Luis Jiménez de Laiglesia, hermano del presidente de la patronal valenciana. Muy pronto se unieron al grupo el propio José María Jiménez de Laiglesia y Manuel Broseta, quienes aprovechaban las mañanas para navegar e intercambiar pareceres en la intimidad de alta mar. La idea de aquellas tertulias de Jávea se tornó casi obsesiva: firmar la paz lingüística, conscientes de que el futuro se nos iba de las manos. De las ideas pasaron muy pronto a los hechos.

A principio de la década de los noventa el profesor Broseta había triunfado como abogado en Valencia y Madrid, ocupaba silla en los consejos de administración de la banca, era miembro del Consejo de Estado, y vivía plácidamente entre su cátedra de Mercantil y su actividad privada. Pero de nuevo le tentaba la política. Pienso que sus años como segundo de Fernando Abril Martorell en la UCD, su legislatura como senador y su labor al frente de la Secretaría General de Política Autonómica, todo ello sumamente controlado por el poder madrileño, no le debieron dejar demasiado buen sabor de boca. Sus hechos le delatan. Hacia septiembre de 1991, encontramos a Broseta promoviendo un Consejo de Cultura de la Ciudad de Valencia junto a personas de trayectorias muy dispares, como Amadeu Fabregat, Xavier Casp, Santiago Grisolía o el propio Jiménez de la Iglesia. Ante a una joven y recién elegida Rita Barberá, Broseta elevó, ya como presidente de esa institución, un manifiesto muy ambicioso que es todo un programa de afirmación valencianista. En él se proponía, frente al desdén del Estado en los actos del Quinto Centenario celebrados en 1992, convertir en ejes de la actuación municipal dos empresas altamente simbólicas: una, la regeneración integral del centro histórico de la ciudad de Valencia como presupuesto indispensable de la recuperación de la memoria foral y con el fin de servir de modelo a futuras actuaciones urbanísticas en las demás ciudades valencianas. Y otra, con parecido propósito y como contestación al deliberado olvido del Estado en los fastos y las inversiones milmillonarias del 92, la celebración a nivel europeo del Quinto Centenario del Siglo de Oro valenciano con una exposición semejante a la que Florencia había dedicado a la era de los Medici. La recién elegida Barberá, sorprendida quizá por la iniciativa y acosada por el regionalismo imprevisible y eternamente irritado de González Lizondo, temerosa del prestigio enorme del catedrático, accedió a apoyar la empresa de creación del Consejo y su manifiesto. Con qué convicción, no tardaría en verse, porque, muerto en apenas unos meses su artífice, no dudó en dejar morir también su obra. El Consejo de Cultura de la Ciudad de Valencia languidece desde entonces. Ni siquiera sé ya si existe. En fin, Broseta estaba preparando su vuelta a la política, arrastraba fácilmente al sector empresarial a sus iniciativas y se mostraba especialmente preocupado por sellar la paz con el catalanismo –sobre todo con la Universidad- para acabar con el conflicto valenciano y relanzar la lengua autóctona como símbolo primero y primordial de una identidad colectiva fuerte. Sabedor así mismo de que no se crece al margen de los grandes ejes viarios continentales, le preocupaba sumamente la política de infraestructuras, tan “sevillana” en aquel tiempo, tan madrileña siempre, como despectiva y desconsiderada durante siglos con el eje mediterráneo, el único de rango continental en suelo español al enlazar con el gran eje Ródano-Rhin, donde se sitúan las capitales de la Unión Europea. Fue él quien aconsejó a Jiménez de Laiglesia, presidente de los empresarios, que se rodeara del asesoramiento de técnicos cualificados y le facilitó el apoyo de una figura clave, el ingeniero Claudio Gómez Perretta, quien asumió pronto un papel primordial en temas de infraestructuras viarias. De la mano del propio Jiménez de Laiglesia y junto a personajes de la izquierda catalanista como Eliseu Climent, Broseta estaba embarcado también en el proyecto de un diario en lengua valenciana que superara banderías y conflictos personales y cohesionara la autoestima de nuestra sociedad, periódico para el que luchaba a brazo partido por conseguir el soporte de los empresarios y las entidades financieras y había prometido una aportación inicial de 300 millones de pesetas.

Y dicen que Aznar ya le había propuesto en 1991 la alcaldía de Valencia, que declinó a favor de Rita Barberá, y que ambos especulaban con la posibilidad de presentarse a diputado por Valencia en las generales con miras a aspirar a la Generalitat en 1995. En estas, y quizá para coronar debidamente tales ambiciones, Broseta había contactado con el rector de la Universidad, Ramón Lapiedra, a fin de desactivar el conflicto y esterilizar los efectos de la triste “Batalla”. Fue en el domicilio particular de José María Jiménez de Laiglesia donde el presidente de los empresarios hizo encontrarse a Broseta con el rector y con Damià Mollà, conocido por sus tesis conciliadoras. Lapiedra, en cambio, era conocido más bien por su catalanismo y por liderar el “fusterianismo” dominante en la Universidad. A las alturas de aquel 1991, y en parte como fruto de la “Batalla de Valencia”, la universidad, el empresariado y la política iban cada una por su lado, y la obsesión de Broseta era unirlos, firmar la paz definitiva entre los tres pilares de la sociedad.

Lapiedra y Broseta habían tenido dentro de la Unversidad y fuera de ella un trato frío y más bien escaso, casi inexistente a juzgar por sus propias palabras. Lógico; los sectores más recalcitrantes del fusterianismo echaban en cara a Broseta, a veces con muy malas formas, haber sido la hábil mano izquierda de Abril Martorell contra las aspiraciones de autogobierno valencianas. Los reproches escritos por Alfons Cucó en su obra Roig i blau, por ejemplo, son realmente acerbos. El encuentro privado, según testimonio del propio rector y del presidente de los empresarios, fue al principio distante, lleno de desconfianza. Sin embargo, no tardaron en entenderse y ver el uno en el otro una oportunidad quizá irrepetible. Después de aquella primera cena en casa de Jiménez de Laiglesia, volvieron a verse en una reunión a propósito del proyecto del futuro periódico en lengua valenciana. Y fue esta vez cuando Broseta invitó personalmente al rector a una cena privada en su domicilio, los dos solos con sus esposas respectivas, una reunión cara a cara donde dejarían en un documento sin fecha ni firma, un papel libre de ataduras y perfectamente anónimo, las bases para alcanzar en breve plazo un acuerdo de concordia lingüística entre valencianos. De los eventuales signatarios del escrito, uno acababa de ser reelegido rector de la Universidad, el otro esperaba ser en breve President de la Generalitat; ambos tenían por amigo común al presidente de los empresarios, y todos estaban comprometidos con el proyecto de un nuevo medio de prensa escrita en valenciano. La cena íntima entre los dos matrimonios se iba a celebrar el día 16 de enero de 1992, pasadas las navidades, en casa de la pareja Broseta-Bacharach. Lapiedra tenía ya redactado el día anterior al encuentro su papel con las bases de superación del conflicto lingüístico. Ese mismo día 15, mientras asistía a una lectura de tesis doctoral como miembro del tribunal, en Madrid, el catedrático de física teórica fue informado por una auxiliar de lo sucedido a las diez de la mañana en Valencia, casi a las puertas de la facultad de Derecho: el catedrático de mercantil de su universidad, Manuel Broseta, había sido asesinado de varios disparos en la cabeza.

Cuando tomó el avión a media mañana, Lapiedra sabía perfectamente que con la muerte de Broseta se había perdido la oportunidad de concordia. No tardó en comprobarlo. Desde el mismo diario con el que en su día se alineó Broseta en la “Batalla de Valencia” no dudaron en señalar a la propia universidad como cómplice en el asesinato. “Los que han señalado a Broseta se esconden dentro de la Universidad”, se pudo leer. El conflicto, y la voluntad de conflicto, seguían vivos. Hasta hoy.

Veintitrés años después, seguimos sin saber exactamente por qué se asesinó a Broseta y qué hubiera podido pasar con él al frente de la Generalitat. Su talla intelectual, puesta al lado de quienes ocuparon después el sillón, es tan superior que nos exime de cualquier comparación. Desde luego, Broseta no veía la Comunidad Valenciana como un gran Benidorm para turistas y jubilados, ni como una inagotable caja de ahorros a disposición de promotores, ni como un circo permanente por el que andar siempre sonriendo como un narciso. Broseta era una persona seria, y veía a su país, físico y humano, como una sociedad para tomarse en serio. Cabe recordar que en 1992 la valenciana era una economía saneada y relativamente rica, aunque políticamente sin peso. Esta última era ya entonces su obsesión, no hay más que leerle. Hoy, además de insignificante políticamente, la Comunidad Valenciana es un solar arruinado. Algunos de sus más negros temores, formulados ya en 1991 con suma claridad, se han cumplido.

Volvemos en 2015 a estar en año electoral y el sillón que no ocupó Broseta está otra vez en juego. El presente valenciano es tan sombrío, tan lánguido, que necesitamos un mínimo de ilusión. Broseta opinaba en 1991, y así lo dejó escrito, que la sociedad valenciana estaba quizá ante una última oportunidad de poner remedio a su larga decadencia iniciada en el siglo XVI y relanzarse, desde el recuerdo de su mejor pasado europeo (el siglo XV), a un futuro sólido y esperanzador. No dudaba tampoco que en esa empresa no contaríamos con el entusiasmo de nuestro Estado, al que conocía bien, y que lo tendríamos que hacer, como siempre, solos. En este año electoral, con una derecha entregada a airear viejas divisiones civiles con esperpentos como la Ley de Señas de Identidad, con una izquierda empeñada en imitar el lenguaje y las formas de un movimiento profundamente castizo y demagógico, constituiría un sano ejercicio de memoria colectiva repasar las palabras de aquel frustrado Manifiesto del Consejo de Cultura de la Ciudad de Valencia que promovió y presidió el profesor Broseta. Nos sorprendería su audacia, su optimismo contagioso, y también lo lejos que ha estado la ciudad de Valencia de darle realización.

Lo dejamos para otro día.

Guillermo Colomer.

 

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