Primera carta de San Pablo a los valencianos

Primera carta de San Pablo a los valencianos

Ya lo tenemos aquí. Después de ganar todas las elecciones en las encuestas, Pablo Iglesias le ha hablado por vez primera al pueblo valenciano para decirle que su casta representa lo peor de España. El silogismo era bien sencillo: si Valencia, en opinión unánime compartida por toda la clase política y periodística del país, es lo peor de lo peor, su casta no podía ser otra cosa que lo peor de la casta.

No hace falta comentar más de la alocución. El resto es poesía y amenaza, como ya nos tienen acostumbrados los triunviros de la Complutense de Madrid.

Ahora lo que quiero preguntarme es por qué. Por qué la casta madrileña, o la andaluza o la catalana no llegan a ese sublime estrato de podredumbre que sí alcanzan en cambio los pobres diablos de sus homónimos valencianos. Me parece a mí, por lógico también, vaya, que la potencia de la casta será directamente proporcional al poder que maneja y al dinero que controla. No se me ocurre que pueda ser de otra manera. Lo mismo que hemos visto, por fin, que la corrupción política no era un cáncer de la siciliana Valencia, sino que anidaba en todo lugar donde ha habido un ejercicio continuado del poder por un mismo partido, y en proporción, más o menos aritmética, a ese poder y al presupuesto que manejó. Y así, si Camps no pagaba unos trajes o a Costa le regalaban caviar, Rato se gastaba 3.000 € de una entidad rescatada en una sola noche de farra. Si las depuradoras subcontratadas de Pinedo se fundieron algunos milloncejos en traducciones de las caras, las líneas de AVE absurdas se han fundido y se continúan fundiendo decenas de miles de millones de euros del erario público que pasan a los balances de unas cuantas empresas de las carísimas, las de toda la vida, oiga. Ministra y presidente gallegos, ergo 25.000 millones de euros para ir a Galicia a toda castaña 700.000 pasajeros al año como mucho. Calculen el precio justo del billete. (A modo de ejemplo, la línea Tokio Osaka mueve 100 millones de pasajeros/año; la París Lyon 25 millones de pasajeros/año). Y los Pujol… ¿qué de más siciliano? Pero no, lo peor de la casta está aquí, en la tierra de las flores, de la luz y del amor. Lo dijo Iglesias.

Y vuelvo a preguntarme por qué, qué le hace pensar a Iglesias que nuestra casta es peor que, por ejemplo, la suya. Y ahondando un poco en la homilía lo descubro: es esa imagen de Rita y Camps subidos a un Ferrari mientras los pobres se mueren en el Metro y los niños estudian en barracones, ¡ésa justamente!, la que dispara su imaginación y se convierte en la clave de bóveda del sesudo discurso de laboratorio que la Complutense de Madrid nos tenía guardado a los indígenas del “Levante”. Una sola imagen que simboliza la obscenidad de la ostentación de la riqueza, el insulto del rico al pobre. ¡Cachis estos fenicios valencianos! ¡A la hoguera por materialistas y sensuales! ¡Habrase visto mayor desfachatez, subirse a un Ferrari en una exhibición publicitaria de ferraris! Eso que lo hagan los italianos, y el resto del Continente capitalista y hereje, pero no nosotros, no la España eterna, cuna de místicos pálidos y moralistas furiosos.

¿Qué quieren que les diga? A mí este discurso me suena. Me suena a Siglo de Oro, a España de Contrarreforma; y a Generación del 98, a regeneracionismo poscolonial castizo y fúnebre. También entonces algunos célebres valencianos, bastante más virtuosos que los ínclitos del Ferrari (Sorolla o Blasco Ibáñez, por ejemplo) fueron objeto de críticas por andar entretenidos en sensualidades materiales y coloristas, ganando dinero, cuando la Patria meditaba en su hora más grave. Pues bien, sin incurrir en exageraciones, admitamos que la imagen de Rita y Camps subidos a un Ferrari descapotable en el circuito de Cheste es desafortunada, imprudente, incluso patética. Pero admitamos después que cifrar todo el problema de la corrupción y la oligarquía en España en esa imagen es de una estupidez difícilmente superable. Nada más lejos de mi ánimo que defender a nuestra clase política local, indefendible desde casi todos los puntos de vista. Pero decir que la clase política valenciana representa lo peor de España es un desahogo ya demasiado recurrente, que empieza a oler a desprecio y xenofobia. A ver si vamos tomando nota.

 Guillermo Colomer

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