¿Qué es lo que creen que pueden?

¿Qué es lo que creen que pueden?

Possunt quia posse videntur.

Esta breve sentencia de Virgilio -“pueden porque creen que pueden”-, escrita hace dos mil años por el genial autor de la Eneida, no solo ha atravesado veinte siglos fácilmente para llegar a nosotros sino que la tenemos de rebosante actualidad. Lo confieso, es una de mis frases favoritas. Fue transformada hábilmente por los asesores de Obama en un ya célebre “yes, we can” para llevar al primer presidente afroamericano al poder, y la oímos en manifestaciones y canchas de fútbol -versión “¡sí se puede, sí se puede!”- cuando se pretende empujar a una masa desmoralizada o a un equipo en apuros hacia una meta poco fácil de creer. La sentencia de Virgilio es una fórmula elegante de la fe, tan famosa al menos como la de Jesucristo en el pasaje bíblico del niño endemoniado (ya saben: si tuvierais solo un poco de fe, tan pequeña como este grano de mostaza, le diríais a aquella montaña: Montaña muévete… y la montaña se movería). La de Virgilio es una fe laica y mundana, la fuerza mental del ganador. La de Jesucristo es otra fe, quizá no tan diferente: la del enfermo, el perseguido, el desarraigado. Psicológicamente la fe es un mecanismo único y neutro, y sirve tanto para subir al cielo como al poder. Cada uno la utiliza según sus necesidades y preferencias, o su sentido de la realidad. Pero la fe como resorte psicológico colectivo ya no es neutra ni inocua, ni está exenta de peligros. Mezcla demasiadas cosas, demasiadas emociones, y no necesariamente limpias ni constructivas. En la Historia de la Humanidad ha producido con frecuencia resultados catastróficos. En España ya la tenemos aquí otra vez. La ha traído la crisis y ha arrojado a masas de gente a las calles siguiendo a nuevos Mesías. Hace unos meses que el ambiente político de España, tan dada cíclicamente a las borrascas, se ha vuelto a inestabilizar. Crucemos los dedos.

Podemos es el fenómeno más fácilmente reconocible de esta tendencia a la inestabilidad. El otro son las increíbles manifestaciones de fuerza colectiva del independentismo catalán. Ambos nos prometen que no pasará nada, pero tampoco detallan las consecuencias reales de los cambios tan drásticos que pretenden introducir en nuestras vidas. No las conocen, igual que ni un solo profeta estuvo jamás en el cielo que prometía. Lo que sucede es que en las situaciones angustiosas o que se antojan angustiosas la gente cree en todo aquello que, en condiciones normales, no creería. Es lo mismo que cuando uno se toma una droga -el famoso “he visto cosas que jamás creeríais”-. Eso, Ellos lo saben, y con ello les basta. Lo que espera ver la masa frustrada es el cielo, pero lo que espera tocar el profeta es poder. Para unos, Jesucristo y sus montañas que se mueven; para otros, la promesa real de Virgilio. Cuando nos vuelvan a venir con que han visto cosas que no creeríamos, deberíamos responderles: “vale, pero ¿qué os habéis tomado?”

No son pocos los economistas, gente acostumbrada a pensar en serio en ese mundo tan complejo de las relaciones de producción y conocedora de sus herramientas de análisis, que advierten que si se aplican ciertas fórmulas de insumisión e impago los problemas actuales no tardarán en parecernos pequeños al lado de los que nos tocará vivir. España volvería por la vía rápida al vagón de las naciones en vías de desarrollo de donde quizá nunca hubiera salido por sus propios méritos; volvería al aislamiento internacional, a la condena que significa estar catalogado como país poco fiable, inseguro. Es la misma situación política por la que Churchill decidió en la conferencia de Potsdam dejar fuera la cuestión española y no derrocar a Franco, como se había hecho en Italia con Mussolini y como proponían Stalin y Truman. Con esa decisión quedó excluida del Plan Marshall y la reconstrucción democrática de Europa. Sir Winston no se fiaba. Los ingleses, siempre tan amigos. Sí, tan amigos, pero Churchill no era precisamente un idiota. Veía el yugo de la URSS y veía algo en nosotros que le hizo desconfiar. Es una desconfianza que hemos pagado muy cara. A algo parecido podríamos volver si nos atrevemos a jugar con el miedo del capital propio y ajeno, y además en dos tardes, lo mismo que le costaba a Jordi Sevilla explicarle a Zapatero los fundamentos de la Economía. Y es que la economía hoy va muy, pero que muy deprisa. Así que anuncie usted, señor Iglesias, que no se devolverán los préstamos hipotecarios o la deuda pública en España y conseguirá hundir el país en una sola tarde (la segunda incluso le va a sobrar), y además dejando a salvo a los de siempre, a los que tienen su dinero en Andorra, en Suiza, en Liechtenstein o las Islas Caimán. En un mundo con los flujos de capital liberalizados, con continentes enteros que compiten sobre la ventaja de la esclavitud laboral, los Estados de bienestar y justicia social occidentales están sometidos a una durísima prueba, un sobreesfuerzo en el que no es precisamente innecesaria la fe. Pero es la fe en la libertad, con todas sus imperfecciones, no la de un Parlamento popular que dicta lo que ha de cobrar cada español. Eso es la dictadura, el totalitarismo, y no lo sostendrán si no es por la fuerza. ¿O es que van a decidir lo que cobra Juan Roig o Rafa Nadal? En un Estado libre se decide lo que paga cada ciudadano, no lo que cobra. Eso sí, lo paga de verdad. Pero esto ya estaba inventado, faltaba aplicarlo. A ver si va a resultar que una vez arriba lo que nos descubren desde el poder es el Mediterráneo.

La corrupción y el saqueo del Estado, la falta de control de los organismos supervisores y la evasión fiscal generalizada, son harina de otro costal. Ahí sí que hay que tener sumo cuidado porque es donde se encuentran más a gusto los populismos y echan sus redes, y además tienen razón. Pero no por eso dejan de ser populismos. El ciudadano indignado olvida demasiado fácilmente que ningún país ha deshecho su sistema de libertades jurídicas para resolver la corrupción, sin caer en otra peor, y pica, y cae en la red. Ahí cayó la Alemania de Weimar y la España de los años treinta, y la Argentina del Peronismo y la Venezuela de la Revolución Bolivariana. Las curaciones mágicas no existen ni en política ni en medicina. O son placebo o son veneno. Recuerden cuando Fraga Iribarne tronaba en el Parlamento de los años ochenta que él resolvía el problema del terrorismo en tres meses. Eran los tiempos de las mayorías absolutas de Felipe González y de cierta cordura, y el país, afortunadamente, no le hizo caso al histrión de Don Manuel. Porque los métodos que sospechábamos que dominaba el ex Ministro de Franco no nos eran ajenos; en tres meses sí, terrorismo resuelto, a cambio de estado de excepción permanente y otra guerra civil. Pues lo mismo con la corrupción y la economía extractiva; están en nuestro carácter y en nuestros mitos (el mito del pelotazo) y no se acaba con ello en tres meses ni con un estado de excepción económica, aunque quizá perseverando en la aplicación de las leyes y en más tiempo sí. Porque estamos de acuerdo en que se ha robado y mucho, y que el Estado ha hecho millonaria con el dinero de todos a una oligarquía de amigos, esa oligarquía falsamente emprendedora que usufructúa el poder en España desde hace siglos y se sienta en palcos bien conocidos. Y estamos de acuerdo en que las cárceles están todavía vacías de corruptos. Llenarlas con justicia, con sentencias y fundamentos, con hechos probados, es la única revolución posible. No la guillotina loca, sedienta de sangre, el caiga quien caiga porque yo defino quién es la casta y yo la depuro. Las castas solo se han depurado de esa forma y con esa rapidez por otras castas. Lo saben bien en Rusia, y lo sabe el Tercer Mundo. ¿Lo sabe Podemos? Así que mejor dejar trabajar a los jueces. Démosles medios -¿a quién beneficia ahora la penuria económica de la Justicia?-, démosles presupuesto, urgentemente, y exijámosles imparcialidad. Pero no les pongamos nombres y apellidos en los medios ni cámaras y micrófonos a la puerta del juzgado, que eso es molestar al que trabaja y además les puede gustar. No lo hace ningún país sensato del mundo. Ya les haremos un homenaje colectivo cuando todo haya acabado. Se lo merecerán.

Mientras tanto, cuidado con las tertulias ociosas, los experimentos mediáticos y las frases sencillas. Son una bomba en manos expertas, en rostros de estética estudiada y palabra fácil pero de ignorancia enciclopédica en cuestiones complejas. Y atención a lo que tenemos por delante, que va trepando en la ineficacia del sistema y en las incontrolables redes sociales. A Podemos no le falta razón, le falta rigor (que es mucho peor). Le falta rigor y le sobra verborrea. Y saña. O sea, que reproduce en cierto modo un par de figuras arquetípicas, españolísimas, sombras de la España declinante del siglo XVII: el charlatán y el inquisidor. Por prometer, prometerán lo que haga falta, en Cataluña la soberanía, en la comunidad musulmana el velo en las escuelas, en las asociaciones de endeudados el impago de las hipotecas y en las de ludópatas la gratuidad de los casinos. Les da lo mismo qué; solo quieren el poder. Ya lo dice su propio nombre: podemos significa mandamos.

Por eso pienso que la izquierda haría bien en administrar su optimismo. Lo que les ha salido no es un aliado, es un problema, Aunque no se hayan dado cuenta aún, a la hora de la verdad Podemos puede devolverle mucho voto perdido al PP (entre el asco y el miedo la clase media suele elegir el asco). De momento, en las últimas encuestas ya empieza a declinar UPyD, ese partido que ha equivocado su estrategia presentándose como un partido de izquierda con el discurso de la derecha, disputando su espacio al PP cuando el hueco estaba en el otro lado. ¿Dónde está su supuesta social-democracia laica y federal? ¿Pretendiendo aplicar en regiones sin nacionalismo recetas antinacionalistas? Hombre, esto es como calentarte la boca con el campeón de los pesos pesados, retarlo en el ring, perder estrepitosamente y a la luz de los focos, y luego volver de mala leche y pegarle una paliza al sparring en el gimnasio. ¿Qué quieren aquí, quitarnos el valenciano de la escuela y la vida pública, devolver las competencias que el propio Estado nos estrangula con su infra-financiación? ¿Cerrar televisiones autonómicas? Pero si esto lo hace de maravilla el PP… ¿Para hacer discurso anti-catalanista en Madrid y Valencia se creó un partido nuevo? Pues me temo que si es así, esta vez el barrio de salamanca de Madrid y el ensanche de Valencia volverán a votar al de siempre. En los últimos sondeos para las autonómicas UPyD no entra en les Corts, el PP vuelve a ganar y Podemos le pisa los talones al PSPV, pasando como una apisonadora sobre Compromís sin haber dicho buenos días sobre los problemas valencianos. Vamos, sin haberse ni presentado. No sé de qué se alegra Morera ni por qué ha pensado en hacer frente común, ni cómo no ve que Pablo Iglesias es puro Madrid, la conquista del poder sin remilgos ni matices, desde el centro y para el centro, que es desde donde se domina el país. Y eso, se llame Podem o Guanyem o Amparito la filla del mestre. Pobres de ellos (de la izquierda nacionalista o el PSPV) si han llegado a pensar que a Pablo Iglesias le puede importar un pimiento la infra-financiación autonómica o la desaparición de la lengua valenciana. Tampoco sé si son conscientes de que nadie que se haya aliado con movimientos populistas tan potentes ha sobrevivido a ellos, ni si han reparado en qué tipo de medios de comunicación tienen detrás.

Allá cada cual con su suerte, pero lo que nosotros queríamos respondernos era: ¿qué es lo que cree que puede Podemos?

Yo no lo sé exactamente, pero cada vez me recuerdan más una célebre anécdota de Pío Cabanillas allá por finales de los setenta. La UCD andaba enzarzada consigo misma y un periodista de TVE le preguntó al bueno de Don Pío si creía que iban a ganar las elecciones. Él, muy gallego, le respondió: “Creemos que vamos a ganar, pero aún no sabemos quiénes”. Pues bien, algo de eso pasa en Podemos: parece claro que lo que creen que pueden es conseguir el poder. Pero, como pasaba en la UCD, aún no saben quiénes.

Dicho de otro modo, no saben quiénes ni cuántos son y ya están convencidos de que podrán. Fe en estado puro. Y puro Virgilio. Podemos porque creemos que podemos.

Guillermo Colomer

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